Quiere don Miguel consolar a Mariflor y se esfuerza en aducir consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de despojos, florecida de cruces y de nombres.
Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre las lindes pálidas del cementerio y de la mies.
Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra piadoso?...
Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad los préstamos otorgados a la tía Dolores.
—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?
No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la familia hasta las Navidades!
Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, ¡pueden ocurrir tantas cosas!...
En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:
—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.