—Pero la boda se aproxima...
—Tengo en el bolsillo las pesetas.
Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la interesante cantidad.
Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!
—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese préstamo—aduce Mariflor acongojada.
—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a vivir... y a esperar.
—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.
—¿Y me lo preguntas?
—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...
La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo anhelo.