Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:

—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?

—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinible tono, lleno a la vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de la rotunda negativa.

Un violento espasmo sacude la fuerte juventud de Mariflor, crispa en sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo de locura.

La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad constreñidos en el robusto corazón.

—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre aquel martirio—. Aquí está la carta.

Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:

—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.

—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y palabras antiguas.

—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.