—¿Se muere?
—¡Claro; nadie la socorre!
—¡Virgen santa!...
El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al ardoroso combate sentimental.
Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otra alma y se esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan en la conciencia de Mariflor, mientras ella se despide con el aire pasmado, llevándose la carta.
Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad sobre la aldea.
Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de la fuente, gota a gota.
El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta gota de pena, siente Mariflor un formidable sacudimiento en todas las fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.
—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación de caridad y desagravio.
—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento débil.