Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la dulce solemnidad de una reconciliación.

—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la mies.

—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán vacaciones.

—Y tú, ¿no estás mejor?

—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de ensalmadora, y que puede curarme.

—¿La tía Gertrudis?

—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.

—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.

Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: ¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.