—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...

No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.

Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.

Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.

—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo que se le aparece como emblema del más sublime dolor, pregunta a su vez.

—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?

—Siempre.

—Ahora la veo...

Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.

El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata a Mariflor como a una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la crítica situación de su madre.