Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:
«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».
Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la nublada frente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.
Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y tocaba en la techumbre.
Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos temblones de Mariflor. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en romance!... ¡Y si fuera de «él»?...
Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de la felicidad.
—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y como su prima no responde, añade:
—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a pedirle que nos ayude!
Mariflor desciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la pared al Cristo, murmura inspirada: