—¡Ah!...

—Y escucha: ya que te encontré aquí, sube tú a llevar a doña Serafina estos dos pichones de parte de mi hermano.

—¿Cómo?...

Explicó la mujer que doña Serafina, una astorgana linajuda, era esposa del actual dueño de la casa, ambos excelentes amigos de don Miguel, quien les debía grandes favores.

—Solemos ofrecerles alguna fineza—dijo—y agora pensé guardar para ellos, a cuenta mía, tus más llocidos palombos... dejé el mulo en la posada y aquí los traigo... pero me da mucha cortedad subir.

Ocultó Florinda su joya y, tomando del escriño las aves, entró en el portal diciéndose:

—Estos señores deben ser los que le han facilitado al cura la dote de Ascensión.

Quedó sorprendida al encontrarse en un claustro, antiguo y apacible como el del convento, alrededor de un jardín. Siguiéndole, halló la escalera principal, y al cabo de la misma una puerta franca donde llamó.

Poco después, por la ancha galería tendida sobre el claustro, se adelantó una dama hermosa y morena, a tono con el mote de su escudo. Bajo los negros rizos de la frente resplandecían con singular fulgor los bellísimos ojos de aquella señora.