—¿Preguntabas por mí?—dijo con acento afable y triste.

Segura de que hablaba con doña Serafina, Mariflor le entregó los pichones de parte de don Miguel Fidalgo.

Las azoradas avecillas lanzaron el columbino temblor de sus ojuelos de una a otra mujer, y ambas sintieron, con inefable ternura, palpitar entre sus manos aquellas vidas cándidas y medrosas.

Bañado en suave luz cenital yacía el corredor en muda calma, y una rosa que se asomaba en él desde el jardín, parecía doblegarse al peso de una idea.

También Florinda se inclinó de repente para decir con súbita inspiración:

—¿Quisiera usted, por casualidad, comprarme este relojito?

Y mostróle, tan afanosa y conmovida, que la dama dijo al punto:

—¡Será un recuerdo!

—De mi madre...

—¿Cómo te llamas?