—Mariflor Salvadores.
—¡Ah, eres tú!—pronunció la señora, avizorando con sabia dulzura el encendido rostro de la joven—. Aguarda—añadió, desapareciendo en la galería.
Volvió al instante, y sobre el reloj que alargaba la moza, puso un billete de cincuenta pesetas, murmurando:
—Guarda tu recuerdo, y éste para ti, en nombre de una niña que se muere.
—¿Hija de usted?
Respondieron unos ojos llenos de lágrimas, y los labios mudos de la madre rozaron en silenciosa despedida la frente de Mariflor.
Duró la escena breves minutos, alucinantes y peregrinos.
Al verse en la escalera otra vez, el escudo, el mote y la dama hubiesen girado en la imaginación de Florinda igual que fantásticas visiones, si el generoso billete no la ofreciera una sensación de realidad. Quiso contemplar en él un augurio feliz y despertar a los presentimientos venturosos, mas se detuvo, escuchando unas voces crueles y tranquilas, fatales como el destino.
Bajaba un criado detrás de la joven y subía una doncella, que recatadamente le preguntó: