Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los abrasados caminos de la mies.
En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni dobleces el corazón.
Por encima de los carrillos colorados y de las bocas sonrientes, al confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.
Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en Valdecruces las labores del campo.
No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las mieses los centenos maduros.
Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros invitados.
De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. Las comilonas se suceden entonces con frecuencia y abundancia increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni se disipa el humo de los cigarros.
Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle tiempo aquella tarde para amorenar en la mies o echar a remojo las garañuelas en el regato campesino. Y no dejará de asistir a la verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en actitud de ejercer una profesional obligación...
Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento del placer...
Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata a Mariflor y la empuja una tarde a la mies.