Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho en la robustez ni en la vocación de la mozuela.
De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores ojos de Mariflor, a los cuales no sabe qué decir, y ella apura silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre secular de aquella vida que la va absorbiendo.
Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro muy afanoso, de motil, y Mariflor dice resueltamente a Olalla:
—Esta tarde voy a la era contigo.
—¿A trabajar?
—¡Claro!
No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.
—Bueno—responde saliendo del estradín, donde aguardan la hora del jornal.
—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus cinco desde el arribaje de Antonio.
La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con acento desabrido: