Se crece Olalla algo jactanciosa:

—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamos a la arada del Gatiñal, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.

—¿En una «morena»?

—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?

—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.

Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima y prosigue:

—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con los cribos.

—¿Así se recoge?

—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...

Recuerda Mariflor estas lecciones con profundo pesar: le sonaron un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.