En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.

Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y anuncia:

—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.

—Luego sonríe y añade:

—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.

Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:

—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.

—¡Ah! ¿Sí?

—Es la costumbre.