—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!
—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?
Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de su vida.
Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos de ilusiones, y respondió solemne:
—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.
Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa «bufina» de los llanos de León pasó amable por las mieses y aligeró los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.
Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.
Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas o las maromas del calomón, y hasta hubo arrestados varones que se atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de «seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.
El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas femeninas.
La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humilde vos con que las mujeres hablaban a sus esposos.