Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.

Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.

Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangre y lazos de antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada juventud.

Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase la boda de sus nietos Antonio y Mariflor, ya que el novio estaba conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil posibilidad de que Mariflor rechazase un matrimonio que tales beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.

Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de sombríos dolores.

Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie insiste cerca de Mariflor para que baile, y a la orilla se queda sola y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.

Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos giros llenos de gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.

Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco rutilante y difunde su luz con recatados matices.

En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un mozo entona, sin gracia ni malicia:

«Si quieres tener femias