en tus rebaños,
un marón sólo dejes
de pocos años...
Si quieres que la casa
non se te queme,
limpia el sarro a la priula
todos los meses...»
Vibra alguna zapateta, acompañada del ru-jú-jú potente, el céltico grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.
Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho nupcial.
Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual se tumba por su lado, con el más impasible humor.