Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición les mulle un dorado mantillo en el terruño.

Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma zozobrante: apenas consigue sonreir a Rosicler, que solícito la ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere a romperse.

No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:

—¿Estades bien, señor?

Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa laxitud.

Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.

Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y bendiciones.

No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.

Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las trenzas en los hombros; en los párpados, la lumbre de la pasión, y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora noche.