XXI
SIERVA TE DOY...
ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana salió el tamborilero a tocar el Mambrú al través de las dormidas rúas, anunciando alegremente el día de la boda.
Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los hombres de escopetas y trabucos.
Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y licores para los próximos banquetes.