Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.
Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete pudo Mariflor evadirse, no sin algunas porfías.
Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares y escogidos postres.
Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el lujoso vestido del país.
Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta de don Miguel anunciaron con acento muy grave:
—Venimos a cumplir una palabra empeñada.
—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.
Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales bendiciones.
El séquito varonil partió delante; detrás avanzaron las mujeres, silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias descargas de los trabucos.
Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.