Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.
Entre la mocedad estaba Mariflor, trasojada y nerviosa, deshaciéndose en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme en su primera salida de convaleciente.
Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:
«Ya te sacaron la Cruz
de plata, para casarte;
delante del sacerdote
ya tu palabra entregaste.
Las arras y los anillos
que llevas, niña, en la mano,
son las cadenitas de oro
que te están aprisionando...»
A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.
Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.