Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.
Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el altar, reverentes y devotas.
El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le causaron infinitas ganas de llorar...
La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras para ofrecer nuevos cantares a los novios:
«Sal, casada, de la Iglesia,
que te estamos aguardando
pa darte la norabuena,
que sea por muchos años.
Estímala, caballero,
bien la puedes estimar:
otro la pidió primero,
no se la quisieron dar.
Estímala, caballero,