manteles de hilo,
que viene tu hija
con el so marido...»
Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió muy oportuna la copla:
Sentaivos, madrina,
en silla florida;
sentaivos, casada,
en silla enramada.
Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas en dos filas, cantaron el ramo, un armadijo de muchos corolines con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:
«Guapa es la novia cual naide,
guapo el novio cual denguno;
tengan hijos a docenas
y a centenares los mulos.»
Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro de la cabeza.
Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.