Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don Miguel:

«Bien vengades, bien vengades,

bien venidos, que seyades...»

Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a decirle:

—¡Dios te haga bien casada!

Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilando un momento, dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en fino saludo.

Algunas voces protestaron:

—¡Fuera la bruja!

—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.

—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado advirtió una zagala: