—Creer en agorerías es pecado mortal...
Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen juntos hasta rendirse.
Ya la madrina había ofrecido. Con su moneda de oro sobre una rica bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:
—Para la rueca y el uso.
Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la ofrenda» general.
Luego pidió el padrino:
—Para los primeros zapatos del infante.
Y también hubo dones.
Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el cumplir esta galante obligación.
Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimiento de las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces en el cantarcillo popular: