«Ahí tienes mi corazón

cerrado con esa llave:
ábrele y verás que en él
sólo tu persona cabe...»

Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.

En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel cielo de añil, adquiría la artística diversión caracteres de rito, fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un breve descanso del tamboril, iban los hombres a echar un neto sobre los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio tufo a carne trasudada.

Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con atávica devoción.

Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió a Mariflor y su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.

Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.

La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.

—¿No acabará esto pronto?—dijo molesta Mariflor.

—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del caldo» a llevarles gallina en pepitoria.