—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando consigo la pica, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...
Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una carta:
—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?
Mariflor, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:
—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.
El viejo, entregándosela, musitó:
—Mejor te daba una para ti, paloma.
Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra para Mariflor; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:
—Dice que me case con Antonio...
Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.