—Será un consejo.
—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.
Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».
Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.
—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.
—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.
—¿Se lo cuenta a usted?
—Como a ti.
—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!