—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de estimación.

—¡Pero yo no me puedo vender!

—Díselo a tu padre honradamente.

—¡Dios de mi alma!

—Piensa que no estás obligada al sacrificio,

—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me abandona.

Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.

Don Miguel protesta conmovido:

—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.

—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!