—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto sucede.

—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas diera yo por él; que me muero de pena al negarle este favor!...

La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió diciendo:

—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!

Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la escalera alumbró don Miguel con cerillas para que Mariflor bajase.

Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.

Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con susto:

—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?

—No, no.

—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.