Una tarde, muy triste, Mariflor Salvadores tuvo que ir al molino, distante dos kilómetros del pueblo.

—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.

Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.

Salió Mariflor con su cestilla de centeno al brazo y sus profundas penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, que ni el vuelo de un ave le daba compañía: cigüeñas y golondrinas emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz pareció vieja y pálida al través de las nubes.

Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas corrientes.

Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.

¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la felicidad. Vive Mariflor con los ojos puestos en todo lo que huye, en todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de estas ansiedades.

No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y triste.

Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:

...soy el amor que pasa,