el niño amor que encontrarás un día
tras de las tempestades de tu alma...
A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.
Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un enamorado «escucho»...
Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del pastor.
Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y su encuentro allí con Rosicler, el galán pastorcillo que ya emigró, como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, adiós!... Iba llorando.
—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.
Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una formidable desolación del mundo entero!...
Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al invierno en lánguida canción:
«¡Ay noche de Navidad,