ay noche serena y clara!...»
—Buenas tardes.
—Bien venida.
Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura de Mariflor, que todavía parece forastera y trasciende a encantos desconocidos en el país.
—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez de los cabellos que la muchacha luce.
Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón abierto en el canal.
El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el agua.
Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que represe el agua.
Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja mencionan la familia de la joven: