—Ya, ya...

Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su estímulo regional, prosigue con algún calor:

—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.

—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.

—Y tus agüelos,

—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan triste!... Y en los hombres parece que se nota más.

—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!

Mariflor lanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:

—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...