—Ya lo sé.

—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para medrar, si a mano viene.

Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.

—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.

—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra después de mucho tiempo, dejó un reloj muy grande en Madrid, regalado para un edificio de la Puerta del Sol.

—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?

—Eso no.

Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:

—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?

—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que veas que hay gente de prez nestas planuras de León!