Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en este punto, y da otro giro a la plática.
—¡Cómo sona la nube!
—¡Sí!
Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le halla Mariflor bastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra sentimental.
Y cuando, alucinada, se inclina Mariflor para coger, como una reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...
—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. ¿Tienes miedo?
—No.
El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, conmovida, sin saber por qué:
—¿Sigue Marinela mejor?