—Picada de la tisis, igual que mi padre, igual que tantos de la familia...

—¡Calla, mujer!

A medio ceñir el pesado manteo en torno a la cintura, Mariflor finge que busca alguna cosa, se mira las manos lentamente, con mucho interés, y al fin balbuce en imprevisto ruego:

—¡Quisiera lavarme!

Olalla, que tiene fija la mirada en una siniestra meditación, se turba, enrojece, y luego de reflexionar, afirma:

—Te traeré ahora mismo un cacho con agua.

—No, yo voy por él; enséñame dónde hallaré lo que necesite.

Porfían azoradas al lado de la puerta con empeño un poco artificioso, y ya traspasado el umbral, repara Florinda en su media desnudez, y pregunta:

—¿Estamos solas?

—Solas; yo anduve a modín para no despertarte.