Desaparece Olalla pisando quedo, como si todavía alguien durmiese; y la forastera, abocada al corredor, cruza los brazos desnudos para abrigarse contra un frío sutil que desde la oscuridad la acosa. De pronto, allí a sus pies, en la masa de sombra y de silencio, el gruñido y la queja que antes alarmaron a la niña, se juntan y emergen en una voz que parece humana, que se desgañe y evoca, igual que la de una criatura.

Florinda retrocede, presa otra vez de irreflexivo espanto, y para distraer sus complejas inquietudes, remueve el equipaje, trastea y alborota, hasta que vuelve su prima trayendo agua en un lebrillo y colgando en el hombro una toalla de áspera urdimbre, dorada por los años, olorosa a romero.

Perpleja Mariflor ante aquel rudimentario servicio, aplaza el lavatorio y pide ayuda para abrir el baúl; pero Olalla no necesita más que de sus recios brazos para darle vueltas y dejarle desligado y útil, con la tapa cómodamente sostenida en la pared. Inclínanse las dos mozas sobre las túmidas entrañas del cofre, y la viajera desliza su mano en el fondo, revuelve, palpa atinadora y sonríe levantando en el puño una cosa menuda y suave que acerca a la nariz de Olalla.

—¿Huele bien?—pregunta.

—¡Ah, jabón!... Yo también tuve una pastilla...

A juzgar por la expresión lejana de los ojos azules, se pierden en un pasado remoto el aroma y la suavidad de la pastilla que tuvo la maragata.

—Ve sacándolo todo—dice la prima con gracia más ligera y alegre—; después que yo me lave lo arreglaremos juntas y te daré algunos regalitos para ti y para los nenes.

En tanto que Florinda se chapuza con fruición, Olalla va cogiendo las prendas del baúl y colocándolas encima del lecho, tibio todavía y desdoblado. Se mueve la joven con mucha calma y trata con esmero aquellas cosas sutiles de la forastera, pero no se detiene a contemplarlas con excesiva curiosidad.

Casi todo el lujo del pequeño equipaje consiste en ropa interior; camisas y pantalones con lazos, sin estrenar, con papeles de colores que crujen, sedosos, bajo los encajes, como en los equipos de las novias burguesas: medias caladas, pañolitos bordados y menudos, enaguas finas, dos peinadores de manga corta, dos blusas áureas, elegantes, y un solo vestido de luto, modesto, falda y cuerpo ajustado, sin adornos. Algunos estuches con bagatelas casi infantiles, algunas cajas con enseres de costura, libros, retratos, envoltorios frágiles y una bolsa blanca, con puntillas, de cuya boca abierta acaba de salir el perfumado jabón.