—Aquí lo tienes todo—dice Olalla, mientras Florinda duda cómo acabará de vestirse, temiendo estropear el lujoso pañuelo de su traje de fiesta.

Tras una breve indecisión, que le es habitual, ofrece la prima buscarle otro; sirve para diario y ella no le usa. Pero debe ser muy difícil hallarle, porque cuando vuelve con él, ya Mariflor se ha peinado y ha puesto en orden el dormitorio.

—Hay uno de cerras, pero no le encuentro—dice Olalla, desplegando un pañuelo pajizo, de muselina, con orla estampada en vivos colores.

—Es precioso; ¿por qué no le pones tú?

—Entre semana, está bueno éste—sonríe la moza, señalando el suyo de percal, también con florida guirnalda—. Y en la cabeza, ¿no llevas uno?—interroga.

—¡Ah, no le quiero... no me gusta!—responde Florinda con tales bríos, que se avergüenza al punto, y disimula su turbación poniendo en las manos de Olalla unos envoltorios, a medida que dice:

—Para Pedro un libro, para Marinela un costurero, para Carmen una muñeca y para Tomasín un trompo...

Busca algo en el bolsillo colgado de la cama, y con cierta emoción, concluye:

—Para ti mi reloj; toma.