Sentóse la favorecida ofreciendo lugar en el regazo a los paquetes, y puso en la palma de su mano morena el relojito de oro y acero, chiquitín, lustroso y palpitante; le acercó al oído, rió con expresión de niña, dulcificando la gravedad un poco triste de su semblante, y por todo comentario dijo:
—¡Tan pequeño y anda!
Después miró a su prima suavemente, lamentando:
—¡Te vas a quedar sin él!
—Tengo el de mamá, ¿sabes?... Está parado, pero me sirve de recuerdo.
—¿Se ha roto?
—No; mi padre quiso tenerle en la hora que ella murió: las tres de la tarde.
—¡La hora del Señor!—balbuce Olalla estremecida—. Y con el respeto y la ternura que en Maragatería se consagra a los muertos, bendice al uso del país la memoria evocada, pronunciando ferviente:
—¡Biendichosa!
Una ráfaga de tristeza suspende el íntimo coloquio y flota en la humedad de las pupilas, que se inclinan al suelo apesaradas; la muñeca de Carmen, rompiendo el papel que la envuelve, muestra un brazo rígido, vestido de rojo, en trágica actitud; en la rústica mano de Olalla Salvadores, el pulido reloj suena indiferente: tic-tac, tic-tac...