—Todo, todo en un periquete—responde ya de lejos la dulcísima voz.

Mas la promesa de Florinda no fué tan cumplidora en prontitud como en esmero, porque así que la joven se halló en el palomar, sintió mucha sed de aire y de luz y trepó a saciarse, de bruces en la ventana. Ya las palomas la conocían y acordaban arrullos para ella. Tendióles sus dos brazos Mariflor, ebria de un loco impulso de abrazar, triste y feliz, rebosante de angustias y esperanzas. Todos los familiares infortunios subían en marejada tempestuosa a estallar en su pobre corazón, apasionado y ardiente. Exaltada por el nuevo sentimiento que albergaba en él, la niña admitió fácilmente la idea de que su destino en aquella casa fuese el de redentora; imaginó que Dios ponía en sus frágiles manos el timón de la nave familiar, sin rumbo en la miseria del país. Y abrazando en las mansas palomas a su naciente amor, creyó en el milagro que esperaba para salir triunfante de su arrebatada empresa. Otra vez la silueta confusa de un Don Quijote singular, con lentes y aljaba, se adelantó en el campo de la más abundante fantasía, para ofrecer liberaciones, paz y venturas a la muchacha en un mensaje que empezaba así:—Mariflor preciosa...

El repetido golpe de un bastón sobre la tierra y el cascajo de una tosecilla en la calzada, sacaron a la moza del ensueño y, empinándose en su observatorio, vió pasar renqueante a la tía Gertrudis, una vieja con fama de bruja, la primera persona ajena a la familia a quien Mariflor conoció en Valdecruces. Fué la tarde en que Olalla había anunciado que llegarían visitas al «escurificar»; apenas sonó en el portón una recia llamada, corrieron a abrir, y cuando en el umbral preguntaron con voz rota por la forastera, una ahogada exclamación de miedo acogió a la tía Gertrudis.

—Es la bruja—musitaron los nenes al oído de Florinda—; espanta la leche de las madres y hace mal de ojo a las zagalas.

—Eso no se dice, es pecado—protestó Marinela, palideciendo a pesar suyo.

Y Olalla, con el ceño fruncido y el aire hostil, abrevió la visita todo lo posible.

Antes de marcharse, la vieja, después de hacer muchas preguntas a Mariflor, acercóse a mirarla de hito en hito.

—Para dañarte—murmuró Pedro.

—Porque es ceganitas—disculpó Marinela.

Y la mujeruca, présbita y sorda, encorvada y jadeante, masculló una trémula despedida en el hueco sombrío de su boca sin dientes.