Cuando hubo desaparecido, contó Marinela que la tía Gertrudis, siendo moza, quiso casarse con el abuelo Juan, y como él y su gente la desdeñaron y ella no halló marido, dieron en decir que por venganza les hacía mal de ojo, que por ella al tío Juan se le morían los hijos y hasta los nietos picados del «arca», allí donde apenas se conocía esa terrible enfermedad...

—Del andancio de las reses y de la quebrantanza de las cosechas también tiene la culpa—añadió Pedro, rencoroso.

Y Marinela repitió apacible:

—Don Miguel ha dicho que es pecado creer eso, que sólo en broma se puede hablar de brujas. La tía Gertrudis—añadió la zagala con benigno elogio—no se mete con nadie; ¡es tan pobretica y tan vieja!... Sabe historias de aparecidos, de príncipes y santos, y en los filandones divierte mucho a la mocedad...

Evoca Florinda tal escena al paso torpe de la quintañona, y mientras se extingue el soniquete de la cachava a lo largo de la calle, remueve la niña en tropel los recuerdos de todas las desventuras que derrama el destino sobre la descendencia del tío Juan: miseria, expatriación, enfermedades, muertes...

Aquel primer homenaje que recibió en Valdecruces, a media luz, entre miradas insidiosas y frases oscuras, lo recuerda Mariflor como un augurio que la hace estremecer. Huye de seguir contemplando la sombra enemiga que aún se columbra en la calzada, y atisba el horizonte en persecución de otra más dulce imagen.

Una niebla morada baja del cielo o sube del erial, borrando límites y extensiones, ofreciendo viva semejanza con las brumas del paisaje marino en turbias mañanas de cerrazón.

Rechazada Florinda por la esquivez de aquel semblante, vuélvese a buscar el apetecido resplandor alegre dentro de la propia alma; y derramando su crecida exaltación en delirio de frases, dirige un devoto discurso a las hermanas palomas, al hermano viento y al ausente padre sol.

En la borbollante plática que fluye de los rojos labios como un río de miel, se mezclan improvisaciones ajenas a la brisa, a la luz y a las aves; palabras inseguras, balbucientes, en las que se esconde y torna la enamorada voz, para componer el trozo ingenuo de una epístola, divagando así: