—«Muy señor mío...» (No; es poco...) «Amigo inolvidable...» (Es mucho...) «Estimado...» (¡Uf, qué cursi!... El encabezamiento ya lo discurriré...) «Recibí su carta...» (Bien; todo esto es fácil. Después): «Tengo idea de haber encontrado en Vigo un nene muy mono con los ojos azules y el pelo rubio: llevaba alitas y flechas, y nos dimos un beso...; ¡pero me parece que era en carnaval!... De todas maneras, yo le he visto a usted en alguna parte: haré memoria... Con mucho placer recibiré sus cartas y puede usted venir cuando guste. Aquí hay un cura que estudió en Villanoble y a quien debe usted de conocer: se llama don Miguel Fidalgo. Los versos, muy preciosos. Sin más por hoy, se repite de usted amiga y servidora...»

Al través de las perplejidades y temores, el gozo y la esperanza alumbran el semblante de la niña.

Y rota de repente la niebla, álzase ardiendo el sol en la llanura como hostia gigante sobre un ara colosal.


VII
LAS SIERVAS DE LA GLEBA