EL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.

Por allí pasa Mariflor tempranito en esta mañana azul y blanca del mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.

Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso firme y ligero de la niña.

Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce, un zagal se aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.

—Es Rosicler, abuelita—advierte la muchacha.

Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:

—Dios te guarde.

—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna cosa.

Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón sano: le llaman Rosicler porque era desde niño risueño y galán.