—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la doncella sonreir.

—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?

—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.

—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.

Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo escandalizada:

—¡Niña, no te rías así!

—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en Valdecruces?

—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres hagan ruido.

—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no sean Rosicler, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro carcamales...