—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la rapacería—suspiró tía Dolores.
Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.
Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcance Rosicler, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el semblante.
—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.
—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la evocación venerable de tantos años vivos.
Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y humildes frente al eterno problema de su vida ruda.
—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicó Rosicler—. Tengo que levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia dónde correría el redil.
—Y de «allá», ¿tuviste carta?
—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.
—Aún falta tiempo.