—Pero ya van cuatro meses que no escribe.
—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!
—Del señor Martín, ¿verdad?
—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se condolió la anciana.
—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.
—¡Tu padre iba tan triste!
La muchacha bajó la cabeza, murmurando:
—Pero es muy animoso...
Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol, enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras, las fatídicas truenas del estío. Hacia allí miró Florinda cuando levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta del delantal, y decía Rosicler: