—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.

Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se avergonzasen de la luz vernal.

Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba, aguijando, intrépida, su yunta.

—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.

Y ella, de igual modo, respondió:

—Bien venidos.

—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.

—Y tuyas.

—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor pareja en Valdecruces.

—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.