—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.
Y sus devotas frases se posaban en Mariflor con ingenua candidez.
Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:
—¿De modo que tú también te quieres embarcar?
—También. Considere que de pastor se gana poco.
—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo y el suyo eran hermanos!
—¡Como no la tengo tratada!...
—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?
—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.