—¿Y el rebaño es grande?

—Hogaño es más chico.

—¿Dónde le tienes?

—Vélo va.

Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para Florinda.

—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.

—Vélo... vélo ende—insistía Rosicler, lanzado a su dialecto por la propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y bendecirla.

—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira, Rosicler.

—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.

—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la llanura?